Obama. Barack Obama. Me enteré la semana pasada de que el flamante presidente número cuarenta y cuatro de los EE.UU., recién elegido, se llama Barack Obama y es afroamericano, como decís ahora, según veo en esa gran enciclopedia de internet cuyo nombre es Wikipedia. Y lo cierto es que todavía no sé qué pensar al respecto. Me he quedado de piedra. Yo que pasé, en vida, algunos de mis años más productivos en Washington D.C. y tuve el placer de conocer personalmente en el Despacho Oval a Abraham Lincoln, a Ulysses Simpson Grant y a Theodore Roosevelt, entre otros muchos padres de nuestra patria. Lo último que me podía imaginar es que llegaría algún día a vivir lo que, después de muerto, acabo de ver. Un afroamericano preside, de una costa a la otra, los Estados Unidos de América.
Me alegro, y mucho, de comprobar que las cosas han evolucionado, y para bien, en el País de los Libres. Otra cosa es que llegue a comprender cuál es el funcionamiento de la política en este bendito país, España, que ha acogido mi cuerpo incorrupto. Eso sí que me tiene trastornado. Por lo demás, nada nuevo. Trabajo hasta caer rendido en sendas Oficinas Vodafone repartidas entre Madrid y Bilbao, como ya lo conté el otro día. Mis agotadoras jornadas laborales superan con mucho las que más de un antepasado del recién electo Obama debió de padecer en los campos de algodón regados por el caudaloso río Mississippi. Eso es más que seguro.
Por cierto, me entero por los diarios digitales que Obama ha decidido mantenerse fiel a su BlackBerry . Y no me extraña. La BalckBerry, qué gran descubrimiento. No me vais a decir que no. Sobre todo la BlackBerry Storm. Lo que no entiendo, de todo corazón, es cómo pudimos pasar sin ella los inventores civilizados en el siglo XIX. Gracias a ella, y a sus teclas virtuales, me mantengo comunicado cada segundo que tiene el día con todos mis compañeros de la Oficina Vodafone. Se trata de un artilugio que, por la cantidad de funciones y aplicaciones que contiene, parece haber sido creado por una raza superior formada por seres extraterrestres. Lo dicho. En toda mi vida imaginé que podía llegar a tener algo así en el bolsillo. Esto sí que es el acabose y no la televisión. Yo mismo me paso las noches en vela enviando mensajes a diestro y siniestro, o navegando por la red en busca del rastro de familiares o antiguos compañeros. Tantos mensajes mando cada hora, y de manera tan reiterada, que mis compañeros han empezado a preocuparse seriamente por mí salud mental. También los empleados de mi hotel, sobre todo al verme pasear sin rumbo por los pasillos y absorto en la pantalla de mi diminuto móvil. Podría hablar ahora mismo con el mismísimo Barack Obama si quisiera. Podría felicitar a Obama por haber llegado a presidente. Lo voy a hacer ahora mismo. Antes de que se me olvide. ¿Cuál es el número de información telefónica? No, mucho mejor. ¿Tendrá el e-mail ya instalado este hombre? Voy a meterme en la web de la Casa Blanca a ver si lo encuentro.
Comentarios