Desperté esta mañana, bajo un revoltijo de mantas y sábanas, en la habitación del hotel al que mis captores me llevaron al término de mi 'jornada laboral'. ¡Me duele tanto la cabeza! Lo sé. Debería haber dormido algo para afrontar esta pesadilla, pero estuve despierto hasta las tantas. Bebiéndome los refrescos de cola del minibar. Comiéndome las chocolatinas. Con la vista fija en la hipnótica pantalla de eso que llamáis televisor.
Tras seis horas ininterrumpidas de Teletienda, extraño mecanismo por el que una señorita rubia se coló sin avisar en mi dormitorio para venderme artilugios de todo tipo, creo haber dado al fin con una explicación para mis cuitas.
Ahí voy. Veréis. He caído en bucle 'espacio-temporal' diseñado para que las almas de los grandes mentes del pasado regresen desde sus tumbas y se reúnan en lo que vendría a ser una especie de Congreso de Inventores Muertos. A mí, que no soy ningún pimpollo y hace tiempo que peino canas en la barba, es lo único sensato que se me ocurre. ¿Tienes tú algún otro razonamiento?
Hoy han vuelto a traerme a una de estas oficinas móviles (os escribo hoy desde Madrid) y a ordenarme que escriba lo que se me ocurra en el PC. Desde el carruaje al que llamáis taxi vi al llegar, dos segundos antes de que volviesen a encerrarme en esta carpa, un gigantesco daguerrotipo de mi persona colgado de una fachada. Y a su lado un lema que de momento se me antoja inexplicable: "Con Oficina Vodafone esta empresa trabaja cuando y donde quiere".
¿Qué diablos pinto yo aquí? ¿Por qué me retienen estos tipos en contra de mi voluntad? ¿Cuántas de estas 'oficinas móviles' mantienen funcionando en el mundo? ¿Qué diablos hacen mis secuestradores subidos a enormes andamios desde los que hablan sin parar a esas cajitas de sus orejas? ¿Quién dirige este inmenso manicomio? Confío en que todavía queden por ahí almas bondadosas que estén dispuestas a explicármelo. ¿Querrás hacerlo tú?