Mi nombre es Bell, Graham Bell, Alexander Graham Bell. Con equis, be y hache intercalada. Mi apellido os sonará por mis dotes de eminente logopeda. Aunque imagino que muchos me conoceréis porque fui precursor de la invención del teléfono. Repito: teléfono. También del telégrafo, del fotófono, del fonógrafo, de los hidroalas y del detector de metales.
¿Eh? ¿Cómo se os ha quedado el cuerpo? Las cosas me fueron más o menos bien hasta que una anemia perniciosa se cruzó en mi camino y me llevó dentro de un ataúd a seis metros bajo la falda de un monte en Nueva Escocia. Dejé una viuda y dos hijas, Elisa May y Marion, a las que nunca he vuelto a ver. Una historia que acojona un poco, ¿eh?
Pues no me preguntéis cómo pero aquí estoy: ‘revivido’, coleando y repartido entre Madrid y Bilbao, en España, 87 años después de mi propio entierro. Es lo que tenemos los grandes inventores: un par de ases en la manga que preferimos no patentar para uso propio. Pero esa es otra historia larga de la que ya os hablaré. Llegué anoche. En el último ‘vuelo resurrección’. Y os aseguro que, desde que me metieron en un carruaje sin caballos al que se refirieron a gritos como taxi, todo lo que veo alrededor me hace pensar que estáis locos y que se vivía mucho mejor allá por el 1850.
El caso es que me han sentado aquí, en una extraña oficina, frente a este artilugio que llaman PC y, según dicen, permite mantener correspondencia con el exterior de forma más o menos instantánea. Y después me han ordenado escribir esto para una cosa a la que llaman blog. Me da en la nariz que estos tipos no están muy bien de la azotea. Pero me limitaré a seguir sus instrucciones hasta comprobar con mis propios ojos que no son peligrosos.
Seguiré mandando estas misivas cada día hasta que pueda encontrar un teléfono y avisar a los míos. Observo, para mi desgracia, que no hay por aquí ni un maldito telégrafo con el que comunicarse. Quienes me han traído se dedican, cada cierto tiempo, a darle gritos a unas pequeñas cajas de colores que pegan a sus orejas. Lo dicho: esta gente está loca. Espero que con el tiempo alguien pueda explicarme qué es lo que pinto yo aquí. De momento, me limitaré a seguir sus instrucciones. ¿Cómo me gustaría que Thomas Edison y Joseph Henry estuvieran conmigo para ayudarme a desentrañar qué diablos es esto?
Sé que esto, al igual que la botella que lanza al mar un náufrago, seguramente no llegue a ningún sitio. Pero ¿hay alguien ahí fuera que pueda ayudarme?